No cabe duda de que el nivel de competitividad del mercado es cada día mayor, y eso nos lleva a intentar dar lo mejor de nosotros mismos en todo momento. En ocasiones, este grado de exigencia, unido a las expectativas propias del profesional, genera un sentimiento de angustia, tensión y frustración, difícil de controlar y sobrellevar.
Y es que debemos considerar que un buen trabajo no es sólo aquél en el que pagan bien, sino en el que, además, el profesional se siente motivado e identificado con su actividad diaria.
A menudo, observamos casos de profesionales que pese a disfrutar de empleos razonablemente estables y bien pagados, han perdido todo el entusiasmo y el interés en su trabajo.
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